The Faith of an Imperfect Man
Hay algo en Abraham que me conmueve profundamente.
Mintió para salvarse, dudó de las promesas de Dios, tomó decisiones equivocadas e incluso se rió cuando el Señor le habló de tener un hijo.
No fue un héroe sin heridas; fue un creyente con miedos y contradicciones... igual que nosotros.
Y, sin embargo —dice Pablo— "Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia" (Rom 4,3).
En otras palabras, Dios no se fijó en sus fracasos, sino en su confianza.
No valoró una vida inmaculada, sino un corazón que, a pesar de sus miedos y caídas, siguió creyendo.
Esa frase me da una paz profunda... porque me recuerda que la fe no significa no fallar nunca, sino volver a confiar después de fallar.
Con cuánta frecuencia pensamos que Dios solo se deleita en los santos perfectos:
aquellos que nunca dudan, que nunca se equivocan.
Pero el Evangelio está lleno de personas frágiles que creyeron más allá de sus límites:
Pedro, que negó y luego volvió a amar;
Tomás, que dudó y luego confesó;
María, que no lo entendía todo, pero dijo: «Hágase».
Y Abraham, que caminó hacia una tierra desconocida simplemente porque Dios le dijo: «Ve».
Esa es la fe que salva:
no una certeza perfecta, sino una confianza que sobrevive entre las grietas.
La fe de quien se levanta después de caer,
de quien se atreve a seguir rezando cuando no siente nada,
de quien sigue esperando incluso cuando ya no quedan razones humanas para esperar.
La fe de quien, como Abraham, mira el cielo estrellado y se atreve a creer que Dios cumplirá su promesa.
Creo que todos llevamos dentro un poco de ese Abraham:
un corazón que busca, que tropieza, que tiembla...
pero en el fondo, todavía cree que Dios es fiel.
Y esa pequeña fe, esa fe imperfecta, cansada, pero viva,
es la que nos justifica, nos arraiga y nos salva.
Así que hoy me gustaría invitarte a ver tus errores no como una prueba de que le has fallado a Dios,
sino como oportunidades para ser alcanzado por su misericordia.
No te castigues por no ser perfecto.
Mira a Abraham: Dios no lo eligió porque fuera fuerte,
sino porque estuvo dispuesto a confiar.
Tal vez tu oración de hoy pueda ser sencilla:
«Señor, mi fe no es perfecta, pero es real.
No entiendo todos tus caminos, pero aun así creo que estás conmigo.
Y eso me basta».
Y quizás, en ese momento, Dios sonría,
porque en tu fe imperfecta, ve la misma luz que una vez vio en Abraham:
la confianza de un niño que, incluso en las sombras, descansa en su amor.
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